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La postal de Bratislava

La postal de Bratislava

La postal de bratislava

Esta vez no escribo la postal desde el destino, la verdad es que han sido pocos días de escapada y he preferido desconectar por completo, ¿sabes? El calor me agota y llevaba unas semanas sintiéndome mal, poco productiva, sin ganas… sí, esas ganas de las que siempre presumo parecían haber sido absorbidas por el mismo sol.

Sentía que había perdido parte de mi esencia porque a mí, bueno… ya lo sabéis, me encanta crear y hacer, hacer muchas cosas, pero esta vez no me apetecía hacer nada de nada. Bratislava ha llegado para salvarme, para hacer que me reconozca de nuevo y es que supongo que lo que me pedían cuerpo y mente es lo que tanto necesitamos a veces todos: parar.

El viernes marché a Viena donde pasaría la noche para al día siguiente dirigirme a Bratislava. En este viaje, me acompañaba mi pareja, mi compañero de vida y con él, cada viaje y cada escapada se transforman en descubrimiento, pero también en descanso. La ilusión va intrínseca en todo lo que sea a su lado y más en un viaje, así que sí, a esta escapada sí le tenía ganas.

¿Por qué me ha resultado tan especial Bratislava?

Os diré varios motivos por los que he amado esta ciudad y el primero es que iba con bajas expectativas. Muchas personas me habían dicho que era una ciudad que “ni fu ni fa”, ya cuando te dicen esto, en realidad te hacen un favor, especialmente a las personas que percibimos la belleza en los rincones más recónditos, en los pequeños detalles y la capital de Eslovaquia tiene zonas muy especiales, con un atractivo diferente que la hace única.

Por otra parte, nos sorprendió mucho el alojamiento, reservamos un hotel que en mi opinión ha resultado ser muy especial. Se trataba de un edificio con aire nostálgico, casi parecía un viaje en el tiempo, un hotel con una zona de bar/librería con mucho encanto y con un personal encantador, valga la redundancia. Hablo del Hotel Marrol’s. Muy recomendado.

Lo más importante: Bratislava era la excusa, el motivo era el concierto de AC/DC, sí, fuimos al concierto allí porque resultó muy sencillo conseguir entradas y nos pareció una forma fantástica de descubrir un nuevo país y una nueva ciudad, un oasis en un mes de julio mayoritariamente madrileño. Evidentemente el concierto fue todo un espectáculo, pero para mí lo mejor fue las sensaciones que regalaba una capital tan pequeña y tan plagada de amantes del rock.

Os pongo en situación, una ciudad de unos 450.000 habitantes (es decir no demasiado grande), con un flujo de turismo reducido por no tratarse de un destino muy popular y que sin embargo, está a tan solo cuarenta minutos de la capital austriaca, una ciudad que ese fin de semana se llenó de visitantes de distintas partes del mundo, de amantes de la música que vestían camisetas de rock. Caminar por Bratislava era sentir la complicidad de quien estaba a tu alrededor, tal vez más del 80% de las personas con las que nos cruzamos iban al concierto. Todos, locales y extranjeros hablaban del concierto como si se tratara del evento del año.

En ese momento, Bratislava se había transformado para nosotros en la ciudad del rock, con música por las calles, pubs atestados y con la alegría de quien sabe que va a ver un concierto legendario, con la sintonía de pararte a charlar y compartir gustos musicales, en nuestro caso por ejemplo, de compartir mesa con dos señores de Helsinki que nos parecieron amabilísimos.

Es una sensación que no había vivido antes. He ido a muchos conciertos y también he viajado para ir a verlos, pero jamás he visto las calles tan llenas de fans de una misma banda, de sonrisas y buen rollo. El hecho de que la gente fuera a disfrutar y de que los locales sabían que iba a ser un buen fin de semana para sus negocios generaba una sensación muy agradable alrededor.

Puedo decir que este viaje de tan pocos días me ha llenado de muchas sensaciones, de mucha música (¡y muy buena!), de la capacidad para desconectar del mundo y conectar conmigo. Algo tiene que ver también la temperatura a la tarde y a la noche en esta ciudad, ese frescor tan agradable que tanto echo de menos en mis veranos en España.

Y si te digo la verdad, sí, quiero volver a Bratislava. Quiero volver a recorrer sus calles, disfrutar del castillo y sentarme a tomar un café en esos locales que la visten de encanto. Me encantaría volver en un mes de frío, incluso ver la nieve allí y resguardarme en el calor de una ciudad que me ha resultado de lo más agradable. Gente amable, buena comida y nada de precios desorbitados.

Me gustaría decirte que es una ciudad regulinchi, que ni fu, ni fa, pero no puedo, lo siento, pero a mí Bratislva sí me ha gustado, y mucho.

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