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Cuida del bosque

Cuida del bosque

Cuida el bosque

Hoy quería compartir con vosotros el relato que fue premiado por la Asociación Cultural Ventana Literaria:

Cuida del bosque

Lo siento, siento cómo el frío se cuela entre mis huesos mientras las gotas de lluvia se enredan en mi pelo. En el pueblo me advirtieron de que esto podía suceder, me avisaron para que no partiera.

Se avecina tormenta, insistieron, pero no me importó. Yo había revisado la previsión meteorológica y no había ningún indicador de lluvia. Ignoré la sabiduría de aquellos que saben leer las señales de su cielo y de su tierra, de la gente que escucha al viento, y ahora, no dejo de repetirme que me equivoqué. No importa, pues lo que me ha llevado a caminar por este sendero es mucho más fuerte que los truenos que acechan. Se lo prometí.

Mantengo la mirada fija en el sendero, lleno de hojas mojadas, embarradas. Mis pies se posan despacio sobre ellas, tengo miedo a resbalar y a golpearme con alguna de las rocas que bordean el camino. El sonido de mis pasos queda ahogado entre las gotas que caen. Miro al cielo con un ápice de esperanza en los ojos, pero me topo con un desalentador lienzo gris infinito. Una gota golpea el filo de mi nariz y resbala hasta caer al suelo. Otro escalofrío. Estoy empapada, calada, revestida de miedo, pero sigo adelante, impulsada por la promesa que un día le hice.

Concéntrate en la belleza del paisaje, me digo a mí misma, y es cierto que la niebla solo se ha apoderado de la lejanía. A mi alrededor, se aprecia una colorida vegetación, el verde intenso del musgo, que se entremezcla con el tono anaranjado de los helechos, árboles abrigados por la hiedra, y un pequeño riachuelo de agua que fluye feroz. Ahora lo entiendo todo, a pesar del fatídico temporal, este lugar desprende una hermosura difícil de explicar. No me molesto en sacar la cámara para hacer fotos, una lente jamás podría percibir lo que veo yo, lo que siento yo. La frescura del ambiente, la fuerza bruta de la naturaleza, el encanto de la vida.

Un dibujo blanco y amarillo pintado sobre una roca me dice que voy por buen camino. Detrás de la piedra hay un mensaje escrito <<Cuida el bosque >>. Suspiro y pienso en él, Roberto siempre lo hacía, no había ruta en la que no parara a recoger cada residuo o rastro de basura que encontraba. Ahora entiendo mejor ese ofuscamiento, esa necesidad de limpiar y cómo decía él, de prevenir. Como si supiera lo que el destino le tenía deparado y quisiera evitar la desgracia que le iba a sobrevenir. Como si pudiera anticiparse a la chispa que prendió de aquella colilla a medio apagar.

Continúo despacio y entonces lo oigo. Escucho el agua caer con una fuerza inmensa. El ruido de la cascada ahoga el titilante sonido de la lluvia. Sonrío porque sé que estoy cerca. El agua me habla, me grita, me llama y yo alzo la voz sin pensarlo:

—¡Lo conseguí Roberto! ¡Lo hice!

Ya no camino, ahora mis pies se deslizan velozmente impulsados por el sonido de la meta. Doy un par de brincos sorteando las piedras y con el último salto se revela ante mí, una descomunal cascada. Su agua me cala, más de lo que ya estoy, pero no me importa. Lo he logrado. Abro mi mochila, rebusco con ansia hasta encontrar mi cartera y saco una foto de carné. Su foto. La protejo con mis manos y la miro fijamente.

—Te prometí que vendríamos juntos a este lugar. Te lo prometí, amigo mío.

Entonces cierro los ojos y ya no es la lluvia la que se desliza por mi rostro.

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