La postal de Palermo. Palomas negras.
La postal de Palermo. Palomas negras.
Si la paloma blanca representa la paz, ¿qué simboliza la paloma negra? En Palermo esta ave se tiñe de oscuro y muestra un aspecto más desaliñado de lo habitual. Las plazas aquí están plagadas de ellas, sobrevuelan bajo, siempre en busca de las migas del turista. Me pregunto si es un símil de la ciudad. El color, digo, bueno, también el desaliño. ¿Podría este pájaro recordarnos que la ciudad ha sido escenario de demasiadas guerras? ¿Qué sigue recordándonos al hogar de la mafia? Siento que hay un conflicto aún vigente entre sus arterias. Lo veo como un escenario lleno de contradicciones. Me explico: he hallado paz en el caos, vida entre escombros y un arte capaz de eclipsar hasta el último ápice de dejadez.
Paseando por su vía principal desde la fachada de un museo, me ha asaltado la pregunta: ¿Hace el hombre a las ciudades o son ellas las que nos hacen a nosotros? Me veo en una tesitura al responder de espacios con personalidad porque creo que nunca llegaré a conocer tanto una urbe como para poder hablar por ella, sin embargo, sí de ella. De lo que me hace sentir. De la autenticidad de una Palermo con olor agridulce, como el de una cebolla a la que han dejado demasiado tiempo al sol, pero que según vas pelando las capas, va desplegando todo su esplendor. ¿No será que han reservado su belleza solo para quien esté dispuesto a valorarla? La decadencia esconde grandeza.
Palermo no deja indiferente. Es de color terracota, aunque sus mercados traten de convertirla en amarillo limón. En ella, las calles no susurran, gritan. El calor humedecido se adhiere a la piel. La gastronomía se torna exquisita, perfecta, inolvidable… tan cremosa como sus gelatos. Los rayos de sol buscan grietas por donde colarse para recalentar una ciudad que exhuma historia. La calzada de piedra se llena de colillas, de basura que se acumula en las esquinas. Una suciedad que solo pasa inadvertida en los espacios en los que convive con la riqueza del arte. Palacios en ruinas, fachadas desvencijadas y heridas de guerra. Palermo, o la amas o la detestas dice nuestra guía, pero ¿quién puede detestar algo tan único? En un mundo y en tiempos en los que todo se construye para ser igual, ¿quién no puede apreciar el valor de la autenticidad?
No hablo solo de lo que abarca el casco antiguo, de la multiculturalidad que habita en su arquitectura, también he visitado las afueras, esa parte menos turística donde las nonnas te observan de arriba abajo, tratando de identificar al intruso que se ha colado en su refugio de familiaridad, lejos del turismo. Allí donde los chicos montan en sus bicis y gritan con el salvajismo que caracteriza a la preadolescencia.
Hay botellas en el mar, latas en la arena y piedras que se clavan en los pies. No es un escenario preparado para el turista porque no está envuelto para sus ojos. Es esa parte que te hace sentir intruso porque no está para ser observada, sino para ser vivida. Me detengo a observar los balcones con la ropa tendida, las señoras que conversan a la fresca y un par de hombres que intercambian impresiones sin apenas pronunciar palabra, se bastan de los gestos. De las manos. Un lenguaje que habla de complicidad. Me sorprendo admirada por hallar todavía más belleza en esa cotidianidad que destila la vida de pueblo, en lo más remoto de Palermo. No me sale hacerle fotos, me parece un acto egoísta apropiarme de esa intimidad que invade el ambiente.
Ocurre lo opuesto en la zona del Puerto. No es fea pero es un área perfectamente reformada y habilitada para el público más selecto. Música comercial y establecimientos internacionales. Se gana en comodidad, pero se pierde en personalidad.
No podría escribir mi experiencia en Palermo sin mencionar la atenta mirada de una pequeña niña que decidió sentarse a nuestro lado. Una pequeña italiana de apenas unos seis años que nos vio tomando un Aperol Spritz en la barra de un bar y decidió que merecíamos su atención. Ella buscaba destacar y vio en nosotros a los perfectos candidatos para sentirse adulta. Le ofrecí ayuda para subirse al taburete y asintió sin despegar su mirada de mí. Me gusta creer que esa piccola ragazza nos vio como amigos de su ciudad. Que supo detectar el respeto que sentimos por una isla de la que no queremos ser meros turistas, pues hoy en día, es un sinónimo más del sobreconsumismo y de todo lo fast (fast-fashion, fast-tourism…). Nosotros leemos, escribimos, paseamos con calma, nos empapamos de cultura, y sí, yo tiro fotos (me encanta), pero hace mucho que dejamos atrás el FOMO por verlo todo, solo queremos vivirlo despacio, a nuestra manera, a sabiendas de que nos quedaremos mil cosas por ver y que eso solo incrementará nuestras ganas de volver.
Y quizás, solo quizás, en un mundo en el que todo parece hecho para ser consumido y compartido a un ritmo voraz, el color de estas palomas sea un símbolo de rebeldía.
Descubre más escritos en mi página de escritura: Patricia de la Calle escritora.

